Claudio es responsable de atraer turistas a su comunidad. Hasta principios de 2025, eso implicaba cruzar en bote el río Chagres hasta el lugar más cercano con acceso a Internet o a una línea telefónica, donde organizaba las visitas del día con guías turísticos que vivían en la ciudad. Claudio es Emberá, un grupo indígena de Panamá.
Cuenta que antes vivían de sus propios cultivos, como plátanos, arroz y yuca, y que vendían el excedente a comerciantes en barcos que lo llevaban a la Ciudad de Panamá. Esto ayudaba a financiar las necesidades de la comunidad. Todo cambió en 1985, cuando el gobierno panameño declaró la región parque nacional.
La medida ayudó a preservar la naturaleza, pero también prohibió a los Emberá cultivar sus productos. Esto los obligó a buscar otra alternativa para subsistir y con el tiempo se inclinaron por el turismo cultural. Aunque hoy esta es su actividad principal, recién en 2025 pudieron gestionarla en línea desde su propia comunidad.

Al igual que los Emberá, 2600 millones de personas —aproximadamente un tercio de la población mundial— todavía no tienen acceso a Internet. Esta brecha refleja más que una falta de infraestructura. Es el resultado de una compleja red de barreras que incluyen la asequibilidad, la relevancia, la calidad del servicio y las habilidades digitales.
Estas brechas existen entre países, dentro de un país e incluso dentro de un mismo barrio. Mientras que los centros urbanos suelen disfrutar de acceso de alta velocidad, muchas comunidades rurales o remotas siguen desatendidas. En muchos casos, quienes permanecen desconectados son también quienes enfrentan otras formas de exclusión, como bajos ingresos, educación limitada, discriminación o desplazamiento.
¿Quiénes son las personas desconectadas?
Las brechas de conectividad suelen afectar más a los grupos marginados. Los pueblos indígenas, las mujeres y las poblaciones desplazadas enfrentan la combinación de infraestructura limitada y barreras estructurales.
Las personas desplazadas, incluidos los refugiados y migrantes, a menudo viven en zonas con servicios inadecuados, estatus legal incierto y horizontes de planificación temporales. Las mujeres enfrentan brechas impulsadas por la asequibilidad, las normas sociales y el acceso desigual a la educación y al conocimiento. Las comunidades indígenas pueden vivir en zonas aisladas y enfrentar barreras lingüísticas o culturales incluso donde ya existen redes.
El resultado es que quienes más podrían beneficiarse del acceso a la educación, los mercados, los servicios de salud y la participación cívica —algunas de las oportunidades que ofrece Internet— son quienes menos pueden conectarse. Así ha sido históricamente para los Emberá.
“Las comunidades indígenas son las más olvidadas. Algunas viven a 20 o 30 minutos de la ciudad y, aun así, no tienen acceso a Internet”, dijo Julio Lezcano, director del Comité de Redes Comunitarias del Capítulo de Panamá.
¿Por qué hay tantas personas desconectadas?
En las últimas décadas, los gobiernos, el sector privado y las instituciones multilaterales han logrado extender la conectividad a gran parte del mundo. Sin embargo, los enfoques tradicionales han tenido dificultades para llegar a las zonas más difíciles de atender. Los modelos comerciales suelen no funcionar en regiones de baja densidad poblacional o bajos ingresos. En estos contextos, la rentabilidad de la inversión es reducida y los costos de implementación son elevados lo que desalienta a los proveedores de servicios comerciales.
Incluso cuando hay infraestructura, factores como la asequibilidad, la relevancia y la confianza pueden impedir que las personas se conecten. Estos problemas son estructurales. Sin enfoques innovadores, la brecha persistirá.
En Panamá, por ejemplo, un proveedor comercial tendría que instalar infraestructura atravesando un denso bosque y un gran río para llevar conectividad a las comunidades Emberá, una inversión costosa y sin rentabilidad financiera. Por eso necesitamos enfoques alternativos para conectar a quienes no están conectados.
¿Cómo podemos arreglar esta situación?
La conectividad centrada en la comunidad ofrece un camino a seguir. Este abarca soluciones de conectividad construidas para, con o por las personas que las utilizan. Estas incluyen redes comunitarias, cooperativas y proyectos liderados por comunidades indígenas. Se basan en el liderazgo local, tecnologías asequibles y apropiadas, y estructuras de gobernanza que reflejan las prioridades de la comunidad. Y, lo más importante, responden a las necesidades de sus comunidades, no a los márgenes comerciales.
Estas soluciones abordan tres barreras clave para lograr que todas las personas puedan conectarse a Internet:
Disponibilidad: extender la infraestructura a lugares donde hoy no existe.
Asequibilidad: mantener los costos bajos y accesibles para la comunidad.
Adopción: generar confianza, habilidades y contenido relevante.
Al involucrar a las comunidades directamente en el diseño, la implementación y el mantenimiento, estos modelos hacen más que conectar a las personas. Facilitan la participación y aseguran que la conectividad satisfaga necesidades reales. Son adaptables, lo que les permite seguir siendo sostenibles en lugares donde los modelos tradicionales no funcionan.
Así fue como los Emberá, en colaboración con el Capítulo de Internet Society de Panamá, pudieron construir y mantener su conectividad. Expertos locales apoyaron a la comunidad durante el proceso de diseño e implementación, logrando que se conectaran a Internet a principios de 2025. Ahora Claudio es responsable de operar la red y sabe cómo mantenerla.
Pero para que estas soluciones estén disponibles para todos, se necesita un cambio estructural.
Posibilitar la conectividad universal
Lograr la conectividad universal requerirá la acción de muchos actores: gobiernos, reguladores, comunidades, la sociedad civil y el sector privado. La conectividad centrada en la comunidad solo puede prosperar en un entorno que la apoye. Esto significa eliminar barreras y desarrollar estrategias de políticas que faciliten que las comunidades se conecten por sí mismas.
Algunos pasos incluyen:
Políticas y regulaciones inclusivas: asegurar que las normas apoyen a las iniciativas lideradas por la comunidad, incluyendo modelos de licencias simplificadas y el reconocimiento legal de los operadores a pequeña escala.
Una gestión más inteligente del espectro: permitir el uso compartido o dinámico del espectro para que las comunidades puedan acceder a las ondas de radio que necesitan sin costos prohibitivos.
Acceso a financiamiento: hacer que los fondos de servicio universal y otras herramientas de financiamiento estén disponibles para proveedores no tradicionales, entre ellos cooperativas, redes lideradas por comunidades indígenas y empresas sociales.
Desarrollo de capacidades: invertir en capacitación y recursos para que las comunidades tengan las habilidades necesarias para diseñar, implementar y mantener sus propias redes.
Asociaciones: fomentar la colaboración entre comunidades, gobiernos, el sector privado y la sociedad civil para compartir conocimientos y recursos.
